Después del Adviento y la Navidad

Religión Digital  // Redes Cristianas – Enero 2015

Reflexiones gráficasEchamos en falta a los profetas entre nosotros, aunque sería más acertado decir que el problema es que no les reconocemos. Así que cuando llega alguno con tanta claridad como el Papa Francisco, la esperanza renace y con ella, la alegría también. Pero una vez pasados los primeros momentos, la labor del profeta nos interpela a cada uno, no en genérico. 

Alegría, esperanza, compromiso con un mundo mejor, ejemplo, son actitudes cristianas que se nos han puesto delante y no precisamente desde la periferia, como ha ocurrido tantas veces con profetas y profetisas que daban testimonio desde los ambientes marginales de la sociedad. En esta ocasión, el profeta que nos ha sido dado conocer llega investido de poder y nos habla y actúa con carismas de jefe de la iglesia católica. De ahí el desconcierto. Cuántas veces hemos soñado un profeta no como Jeremías, en el destierro, o como tantos que han salido al mundo allende nuestras fronteras culturales para acabar martirizados por su fe; sino alguien de los nuestros, cercano, y con posibilidades de que “los que mandan” le respeten en las formas cuando se pone a cambiar las cosas.

Pues ahí lo tenemos, un profeta del siglo XXI para que nos libere de nuestras penumbras revestido como cabeza de la iglesia católica, diciendo cosas sorprendentes que llegan a casi todo el mundo y dando ejemplo de audacia y humildad como hacía tiempo no se conocía en los medios de comunicación. Y de ahí nuestro desconcierto, porque ahora nos empieza a tocar a todos, a la jerarquía, a todos los demás, a nosotros: se nos pide ya secundar las enseñanzas proféticas de Francisco para generar el cambio a nuestro nivel, en nuestras pequeñas comunidades con actitudes renovadas, consecuentes y valientes.

Por fin los obispos españoles han salido del cascarón para denunciar lo que está ocurriendo con los inmigrantes. Algo es algo para romper la sonatina de que el gobierno de turno persigue a la iglesia. A la curia de los cardenales ya les dio un buen repaso a sus mediocridades, empeñado en el cambio real de estructuras y paradigmas en la Iglesia. Y qué pasa con los laicos que nos decimos alborozados por la presencia de Francisco Papa, ¿reconocemos el brillo del evangelio en los gestos y vientos que él está insuflando? ¿Nos interpela hasta movemos con hechos en su dirección? Me viene a la cabeza el filósofo Joan-Carles Mélich, que encuentra en Nietzsche luz para el camino, cosa que yo no he sido capaz de ver en los textos del filósofo alemán. Pero Mélich hace una diferenciación muy interesante para este tiempo de Francisco como profeta de lujo en su Ética de la compasión: reniega de Kant y de la moral porque la moral se ha quedado en teorías, en un código absoluto del deber frente a la experiencia de la práctica que nos demanda el dolor del otro, el del prójimo. "Ser ético es creer que la peripecia del otro es mi problema”, afirma en otro de sus libros.

A pesar de que a Mélich no le va la metafísica, este filósofo nos da una llamada de atención muy seria recordando con otras palabras que una fe sin obras es una fe muerta. Que la moral por muy ciencia y sabia que sea, puede ser incluso contraproducente cuando sirve es de parapeto para no vivir el evangelio. Podemos saber mucho de moral y comportarnos a diario con la indiferencia del levita y el sacerdote de la parábola del buen samaritano.

¿De qué nos sirve pasar decenas de Advientos y Pascuas de Navidad, y ahora tener cerca al profeta de la alegría entre nosotros, si no nos reconocen en nuestro hacer diario por nuestros hechos de amor cristiano?

 

Gabriel Mª Otalora

 

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